Cuarenta años
atrás se acababa la década más
revolucionaria y convulsa del siglo XX:
El mundo había oido los conceptos
existencialistas de Jean Paul Sartre, el
Mayo Francés afectaba París, Neil
Armstrong daba "un gran paso para el
hombre", eran asesinados Martin
Luther King Jr. y Robert F Kennedy, los
estudiantes argentinos eran reprimidos en
la "noche de los lápices", las
mujeres usaban minifalda, los hombres de
flequillo imitaban a los Beatles.
Hippies, drogas, rock and roll... todo
esto eran los años sesenta.
En esa
convulsionada década, la creación de
Ian Fleming, el agente secreto inglés
James Bond, aparecía en las salas de
cine de todo el mundo, interpretado por
Sean Connery, que logró su éxito
mundial gracias a estos films, que
además, impulsaron miles de imitadores,
satíricos en su mayoría, como El
Superagente 86; Alexander Scott y
Kelly Robinson, de Soy Espía;
Robert Vaughn como Napoleón Solo, El
agente de CIPOL y los agentes de Misión
Imposible que Peter Graves dirigía.
El éxito,
sin embargo, corria riesgo de
desaparecer. Albert R Broccoli y Harry
Saltzman, productores de los films de
James Bond, perdían a Sean Connery, su
fuente de dinero y éxito. El actor
escocés quería expandir su carrera, y
el acoso de la prensa y los fans agotaban
su paciencia. Connery renunció y los
productores, después de buscar un
reemplazante, eligieron a un ignoto
modelo publicitario australiano, George
Lazenby, para interpretar a James Bond en
la adaptación de Al Servicio Secreto
de su majestad, la decimoprimera
novela de Ian Fleming publicada en 1962.
A
continuación, para celebrar el 40º
aniversario de este singular film,
BondCollection presenta una serie de doce
artículos que comprenden el análisis
del sexto film de la serie, por muchos
considerado como el mejor.
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