EL OJO DORADO...

 

 

 

 

Reflejos en un nombre dorado

 Ian Fleming bautizó su paradisiaca casa jamaiquina como “Goldeneye”, por ser el nombre de una misión secreta comandada por él durante la Segunda Guerra Mundial.  En dicha estancia nació su personaje literario, James Bond, y en su memoria fue dado el título a la película que marcaría en 1995, luego de seis años, el retorno de 007 a la gran pantalla.

 

 El guionista Michael France comenzó a escribir en 1993 el libreto de lo que luego sería “Goldeneye” pensando en Timothy Dalton como 007 e incluyendo la historia en un contexto post–comunista donde el doble agente Alec Trevelyan 006 fuera el rival de Bond; pero el 11 de abril de 1994 Dalton anuncia que no interpretaría al espía británico en su próxima aventura.  El mismo año, EON encargaba la dirección de “Goldeneye” a Martin Campbell quien, dentro de su extenso curriculum, contaba con varios capítulos de la serie británica “CI5 Los Profesionales”, en la que el actor irlandés Pierce Brosnan había interpretado pequeños papeles.  Luego de la renuncia de Dalton, Campbell señala que Brosnan es su única elección para interpretar a 007 y, esa misma semana,  Albert R. Cubby Broccoli llama telefónicamente a Nueva Guinea, donde Brosnan se encontraba filmando “Robinson Crusoe”, a fin de ofrecerle el papel del agente secreto.  El actor acepta, naturalmente, y firma su segundo contrato con Broccoli, pues el primero había sido en 1986 cuando hizo lo propio para “The living daylights”, película que no pudo realizar por obligaciones contractuales con “Remington Steele” de MTM, que él protagonizaba.  Finalmente, en una conferencia de prensa londinense, el 7 de junio de 1994 Pierce Brosnan es presentado al mundo como el nuevo James Bond 007.  Para culminar, como un feliz dato anecdótico, la actriz Judi Dench, quien interpretaría en lo sucesivo a la cabeza del servicio secreto, M, acepta el papel con emoción, ya que su primer rol televisivo lo tuvo junto a su actor favorito, Bernard Lee, el M original.

 

 

Reflejos en un tiempo dorado

Como ya indicamos, un largo silencio de seis años separaban a “Goldeneye” de “License to kill”, situación que la forzaba, argumental y escenográficamente, a diferentes transformaciones de producción.  En primer lugar, un cambio de actor principal enmarcaba la película, de modo que aún antes de iniciarse la primera escena ya había en juego “otro Bond”, con todo lo traumático que, sabemos, esas sustituciones pueden llegar a ser.  En segundo término, los 90’s suponían un cambio cultural en la imagen social de la mujer, culminando un movimiento iniciado unos diez años antes y gestado durante la década del 80.  Es decir, las prácticas sexuales estaban cambiando y aquello que en otra época escandalizaba –como la mención que Tatiana Romanova ya contaba con tres amantes distintos en su adultez–, para el tiempo actual no dejaba de ser un dato inconsecuente y, considerando a James Bond como un playboy, es evidente que su relación con la mujer no podía permanecer invariable.  En tercer lugar, la llamada Guerra Fría había terminado derribada a mazazos populares junto con el muro de Berlín, esa miniatura de aquella otra división política que recorría el resto de Alemania y que le había costado –en la ficción, naturalmente–, nada más ni nada menos que la vida al General Orlov y hubiera podido detener la carrera musical de Kara Milovy de no mediar el afable General Gogol.  En otras palabras, novelas como “Octopussy”, “From Russia with Love”, “The spy who loved me” y “The living daylights” repentinamente se habían convertido en inviables argumentalmente, por suponer un antagonismo entre las superpotencias que ya dejaban de existir.

En otras palabras, era fin de siglo, y Bond resucitaba para el gran público con un film que implicaría el comienzo de la era Pierce Brosnan.  Ante la película, uno siente que han vuelto a la pantalla las "grandes cuestiones" propias de James Bond, pues si los rusos ya no existen como potencia agazapada, ahora quedan sus restos, como ese dispositivo sofisticado, el satélite que aún tiene la sigla CCCP.  Lo mismo sucede con los artilugios Bond: si antes había gadgets novedosos, ahora también: no falta un auto deportivo con formas modernas y lleno de adminículos, y una Sección Q donde todo se actualiza al ritmo de la tecnología imperante, como siempre. 

Sin embargo, hay pequeños grandes cambios que veremos a continuación: "M"  ya no es un hombre y esa otra mujer, la sádica Xenia Onatopp, hace titubear a 007 haciéndole decir "No más jugueteos" después del trato tan poco cariñoso al que Bond... ¿pareciera no estar acostumbrado?.  Por último, nuestro súper–espía debe enfrentarse al traidor, ex agente del Reino Unido, descendiente de cosacos, incisivo, irónico y cínico siniestro ex amigo de Bond,  Alec Trevelyan. 

 

 

Reflejos en un teaser dorado

 En un primer momento observamos a Bond correr por una represa, atarse a una cuerda para saltar, y lanzarse al vacío: es la primera caída libre de la película.  Durante todo ese tiempo, impera el silencio y su rostro permanece oculto.  Es decir, la película introduce el tiempo silencioso de la espera de seis años en sus primeros cuadros como si, en cierto sentido, la película aún no hubiera comenzado, manteniendo la incógnita y la preparación para la acción y el descubrimiento posterior.  Es la imagen de Bond, en cuanto saga, precipitándose al vacío.

 En las escenas siguientes se escucha la primera frase de su boca que marcará el sino de su personaje: “Discúlpeme, me olvidé de golpear”, dice en posición invertida a un soldado ruso que está sentado en un retrete leyendo el diario –que también cubre el rostro de 007–.  Bond está de regreso y se muestra, así, como un intruso, es decir, como alguien que disfruta de algo ajeno sin tener derecho; hoy diríamos, “un transgresor” y la posición invertida confirma físicamente ese avasallamiento anímico.  Literariamente, tal como sucede en las tragedias, la figura del transgresor –del intruso– suele conllevar que tal personaje sea castigado, hostigado, etc.; pero, ¿qué sucede con Bond siendo que él es el héroe de la novela?  En este caso, el destino inexorable del castigo se vuelve a invertir y se deposita sobre su alter ego: Alec Trevelyan, magnífica metáfora jamás antes explorada de la guerra mítica entre los hermanos gemelos. 

 Trevelyan, Alec Trevelyan

 Alec, también del MI6, es otro agente 00, exactamente uno inferior: 006, y esto no es inconsecuente, pues en el simbolismo numérico, el 7 significa la perfección mientras que el 6, la imperfección –de allí, por ejemplo, la designación de la bestia apocalíptica como el 666, es decir, un ser que apunta infinitamente al 7 pero sin llegar a serlo jamás–.  El diálogo siguiente con Alec también marca el carácter de cada uno: 006, desde las sombras, simula ser un ruso que le propone a 007 traicionar a su compañero, a lo que Bond responde “Estoy solo”, dando muestras de su fidelidad, no sólo a la Corona, sino también a su amigo.  La revelación de Alec ha comenzado.

Las escenas que siguen muestran a Trevelyan asesinando investigadores mientras Bond pasa de largo.  Escenas violentas y explícitas que suscitan en el espectador cierto rechazo por el personaje junto con la pregunta “¿Era necesario asesinar a los inocentes?”, y que va delineando el perfil del villano –ese cruel cosaco Lienz–, sobre todo teniendo como telón de fondo las tantas veces que en las películas anteriores Bond hubo dicho “Sólo mato profesionales”, ética que fue uno de los nudos argumentales de The living daylights y marcó la trama del affair de 007 con Kara en la única película en la que sólo hay una chica Bond.  Digámoslo en una frase: donde Bond ama, Alec odia; donde Bond perdona, Alec, ejecuta.

Llegados al depósito, Bond percibe que es una trampa, y allí se juega la última carta del antagonismo.  El diálogo dice así:

Bond – Es demasiado fácil...

Trevelyan – La mitad de todo es suerte, James

Bond – ¿Y la otra mitad?

Trevelyan – Destino

Y la alarma comienza a sonar, alarma del destino–trampa para Bond puesta entre 006 y Ourumov, pero cuyo giro estará en el “cambio de suerte” que sufrirán el héroe y el villano: la suerte será para Bond, y 007 se convertirá, así, el destino ineluctable de Trevelyan.  Si prestamos atención, las escenas que siguen nos preparan para fortalecer nuestra lectura: por un lado, Alec es ejecutado por Ourumov, es decir, encuentra su destino –la muerte– y, por el otro, tras recibir la breve sentencia de “No puede ganar” del mismo General asesino, Bond comienza a disparar y logra escapar vivo del depósito.  La escena se duplicará nuevamente, aún sin saberlo los espectadores: escapando de la planta, 007 se sube a un avión en caída libre –la segunda de la película–, y logra recuperarlo haciéndolo remontar vuelo –que es siempre un símbolo del éxito–, y nos prepara para la contracara que falta: la caída de Alec.  Tal será la tercer caída libre del film, en posición invertida, y en la que Trevelyan morirá sangrando traspasado por la antena gigante que se precipita sobre él mientras suena la alarma de las instalaciones cubanas del Goldeneye.  Tal es el clímax de la película: 006 ha exorcizado a 007 de su destino, lo ha divinizado y recuperado del olvido: todo está en orden nuevamente en Bondlandia y reina la paz.  Pero 007 pagará el precio del sacrificio del Alec, ese ruso revivido: él mismo lo ejecutará sin perdonarlo, y la desilusión de los ideales perdidos no le será ajena: “Yo confié en ti”, le había dicho.  Si Bond fue el destino de Alec –como de todo villano–, 007 será 006 al asumirlo en sí mismo.

Suerte y Destino, Fortuna y Perdición, 007 y 006, entramados en una lucha de gemelos como jamás se había visto antes en ninguna novela de la saga. De allí emerge esa famosa frase que tanto gusta a los villanos: “Somos iguales, Sr. Bond”, justo en la película donde no se dice.  Por fin, y luego de tantos anticipos, suenan primeras las cuatro notas musicales del tema de Bono y Tina Turner nos augura sensualmente: “Mira el reflejo en el agua...”

 

 

Reflejos en un Bond dorado

Entonces, Trevelyan, quien buscaba vengar a sus antepasados, sería la parte oscura de Bond y, como corresponde, se alía con los rusos para tal fatal reivindicación: el operativo consiste en sustraer por intermedio de Ourumov los artefactos Goldeneye –de la ex URSS–, apagar con un pulso electromagnético todos los ordenadores de Londres y, de paso, apoderarse del dinero de los bancos ingleses enviando, por medio de una hackeo informático, los fondos robados a ese otro lugar dorado... sí, Suiza. 

 Las escenas de la película crean un clima de sofisticación y suspenso que nos confirman que es digna de James Bond, en la que encontramos todos esos condimentos que tanto nos gusta buscar.  La acción del film es la necesaria para una narración de hechos que se van sucediendo y nos retrotraen a tantas películas del pasado: la escena en el casino con la pérfida Xenia Onatopp, derrotada a los naipes ¡cómo corresponde!, las ironías ultra Bond tiradas a Onatopp como cuando le dice que "Todos tienen un Ferrari" para luego sugerirle que tiene una patente falsa, el aborde del yate donde supuestamente estaba Xenia con su amante –ambos adictos al sexo violento–, la presentación del helicóptero Tiger con ese discurso sobre el poderío de las grandes potencias y su accionar implacable tantas veces oído, el encuentro en la catedral que nos remite a “From Russia with love”, o 007 acomodándose la corbata en plena carrera con un tanque por las calles de San Petesburgo...  ¡Ah!, y si lo que hacía falta era un "personaje gracioso o pintoresco", tan propio de Bond, están Jack Wade, el típico norteamericano un poco vulgar, algo superficial para hablar que nos recuerda a personajes como el Sheriff J. W. Pepper, y el simpático –pero no menos mafioso– Valentín Zukovsky, quien termina pasando a la lista de luxe de  personajes 007 en la columna de "aliados" o colaboradores de Bond.

Pero no todo es semejanza y repetición.  Anteriormente, indicamos algunas "pequeñas–grandes diferencias" con otros films tradicionales que aportan a nuestro agente un cariz novedoso y más acorde a la época, tales como la presencia de un jefa que le dice a Bond que es un "Dinosaurio machista y misógino, una reliquia de la guerra fría", o la respuesta de la "buena chica Bond", Natalya Simionova, cuando Bond le sugiere que su conducta y frío accionar "Es lo que lo mantiene vivo", y ella le contesta: "No, es lo que te mantiene solo".  Es decir, Bond ya no se comporta como aquel gélido Connery que espera al Dr. Dent para matarlo a sangre fría en "Dr. No".  Por el contrario, en “Goldeneye” parece inclusive sentirse herido y conmovido por las acciones de Trevelyan, a quien perplejo le pregunta "¿Por qué?" cuando advierte la traición más vil; interrogante que no deja de perseguirlo hasta el final de la película, cuando ante la misma pregunta de Alec, Bond le responderá “Por mí”.  Las otras respuestas de Bond, los otros motivos que “Goldeneye” inicia, quedarán por cuenta y orden de los espectadores...

por Jaques L.,  M.Virginia y Pat 006

 

 
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